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Don Vito el empresario

Se me abren las carnes cada vez que leo o escucho la calificación como empresario de ese señor que durante días ha ‘confesado’ –permítanme las comillas, pues estoy seguro que sólo cuenta lo que le conviene o ha pactado–, su forma de actuar y hacer negocios, ilustrándonos sobre lo que es normal, según sus palabras, en la ‘vida privada’, diferente a las formas de actuar en la ‘vida pública’. Y es, además de toda la indecencia del tema, esa generalización lo que me suscita la manifestada desazón por la calificación, y aún a riesgo de parecer iluso, espero que sean los más quienes puedan coincidir con un servidor que es una malísima representación de lo que es un empresario.

Aunque en puridad este señor es empresario porque tenía empresas y así se le puede calificar acudiendo a las diferentes definiciones que nos ofrece la academia, desde Adam Smith y Ricardo para quienes el empresario era el capitalista o propietario que dirigía personalmente la empresa y asumía el riesgo de la inversión. Pasando por Kirzner quien en los setenta entendía que la esencia del empresario era su capacidad para detectar oportunidades. A definiciones más recientes que consideran al empresario como impulsor del progreso económico, descubridor de nuevas oportunidades, y que arriesga su capital o su prestigio. En definitiva, reunía muchas de las características que para los estudiosos del tema a lo largo de la historia describe a un empresario.

Analizando las definiciones, si bien es evidente que dirigía personalmente la empresa, posiblemente la asunción de riesgo la podamos relativizar, ya que esa manifestada compra de voluntades aseguraba el éxito y eliminaba uno de los principales factores de la digna actividad empresarial, la incertidumbre. De su capacidad para detectar la oportunidad (momento conveniente para algo, RAE) mucho que objetar, pues es más bien auténtico oportunismo (actitud que aprovecha al máximo las circunstancias y saca de ellas el mayor beneficio posible, RAE), pero con todo el sentido peyorativo del término, es decir, sin tener en cuenta principios ni convicciones. Por último, poco ha contribuido al progreso económico –aparte del suyo y sus compinches–, una de las responsabilidades de la institución empresarial moderna como organización humana que fomenta la innovación, la creatividad, la iniciativa, la competitividad y a través de ellas el avance y las mejoras en nuestras vidas.

Un empresario, un buen empresario, es el que respeta la leyes y la ética e intenta, como no puede ser de otro forma, obtener un beneficio, pero su razón de ser es crear, tener un buen producto o servicio, labrarse una reputación y prestigio por el trabajo bien hecho, por el esfuerzo y la constancia; nada que ver con la compra de favores, el tráfico de influencias, los regalos obscenos, los sobreprecios para repartir comisiones, las trampas en las adjudicaciones, etc… Posiblemente, visto lo visto, propongo una palabra que dé nombre a este tipo de individuos, ‘empresidiario’.

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